La literatura no es un arma (Conversación con Arturo Arango)
Michel Encinosa Fú
...el compromiso debe ser con la misma literatura, en primer lugar, lo cual quiere decir contigo mismo, con tus valores, con tus ideas. ...toda literatura seria, valiosa, está comprometida con ideas, con una visión, una comprensión del mundo, de la humanidad, de nuestro destino. El compromiso,por eso, no lo concibo como un servicio, como una instrumentalización (insisto en la palabra), sino como el respeto al oficio, a la entrega, y como fidelidad a un cuerpo de ideas, de concepciones.
Dinos sobre tus primeros encuentros con la literatura.¿Cuáles fueron tus lecturas iniciales y qué impresión te causaron? ¿Ha cambiado en algo esa visión? Fui un lector muy precoz.Nací en medio de una familia de maestros y aprendí a leer espontáneamente, aun antes de comenzar a asistir a la escuela. Me convertí, desde entonces, en lectómano. Tuve,además, una tía abuela solterona y apasionada también por las vidas ficticias. Ella fue mi cómplice en las lecturas de la niñez y la adolescencia. Fui un lector,digamos,tópico.Un resumen de mis lecturas,en orden cronológico,comenzaría por esos maravillosos libros que preparó Herminio Almendros:Había una vez,Oros viejos,Lecturas ejemplares,seguiría por Corazón,y ya,luego, llegaría a Salgari,a Verne,a La isla del tesoro (que releía cada año,descubriendo en ella maravillas que antes no había advertido),a Conrad (que fue, no lo olvidemos,un escritor de aventuras),y más tarde a los clásicos de la novela policial. A algunas de esas lecturas trato de rendir homenaje en Muerte de nadie, mi novela más reciente, que comienza como una historia de aventuras y luego adquiere los modos de la intriga policial.Que al cabo de más de treinta años me haya dado por escribir en esos tonos quiere decir que aquellas lecturas se mantienen vivas en mi imaginario.
¿Qué significó para ti “empezar”? ¿Una decisión consciente,un texto en específico;una súbita epifanía,al decir de algunos? Quería ser músico pero la naturaleza me negó las aptitudes de una forma radical,inapelable.En cambio,escribí siempre con facilidad, al extremo de que yo mismo no me daba cuenta de lo fácil que me resultaba.Incluso,antes de pensar en la literatura,me llamaron más la atención el cine y el teatro.Pero cuando inicié el preuniversitario, como becario, en La Habana,encontré algunos compañeros que ya escribían poemas.Ya se sabe las tensiones que la adolescencia provoca en el ser humano, y yo,que no podía ser músico,y que no encontraba la forma de acercarme profesionalmente al cine o al teatro,empecé a escribir. Poco a poco, como me resultaba relativamente fácil hacerlo,me di cuenta de que debía quedarme allí,de que ese podía ser mi mundo.Empezar fue,entonces, relacionarme con ese universo de compañeros,de amigos,con el que intercambié lecturas, inquietudes, estados de ánimo y ya luego,paulatinamente, las preocupaciones propias del oficio.
Los primeros éxitos, las primeras palabras propias vistas en negro sobre blanco y rodeadas por una cubierta, suelen maravillarnos. ¿Qué sentiste al tener en las manos tu primer libro? Demoré mucho en tener en las manos un primer libro. Comencé escribiendo poesía y estaba rodeado,en lo fundamental,por poetas.Después me di cuenta de que me sentía mucho más cómodo contando historias.Mientras ese tránsito,ese reacomodo,ocurría,casi todos mis amigos publicaban su primer libro.Luego,también,me eché encima muchas cargas extracurriculares y extraprofesionales durante los estudios universitarios y los primeros años de vida laboral. Mi mayor angustia era el tiempo que no tenía, agobiado por compromisos de otra índole,para dedicarme a la literatura como ella merecía.Pasaban los años, mis amigos seguían publicando libros, y yo,que daba a conocer muchos textos de crítica y algún que otro ensayo en revistas literarias,no lograba constituir un primer volumen.Eso casi llegó a crearme un complejo de inferioridad.Mis propios amigos,para estimularme,me acusaban de vago. Yo,sin embargo, trabajaba ocho horas,con tarjeta marcada, en la Casa de las Américas, lugar donde aprendí casi todo lo que sé (más que en la Universidad, porque tuve el privilegio de ser guiado por el gran pedagogo que es Roberto Fernández Retamar),pero la Casa, a la vez que me enseñaba tanto,absorbía todo mi tiempo.Mi primer libro fue un conjunto de críticas y ensayos previamente publicados en revistas culturales.Se llama Reincidencias y con él gané en 1986 el premio de ensayos de El Caimán Barbudo.El librito, sin embargo,no apareció hasta 1991.Te cuento esto para que comprendas que mi relación con ese primer libro fue,además de conflictiva,confusa. Tal vez por eso mi pasión por las revistas.Esa emoción ante la letra recién impresa, el contacto con los talleres,con los tipos,el plomo,la tinta (un mundo ya desaparecido,por el que a veces siento nostalgia, aunque me apasiona la digitalización de los procesos editoriales), todo eso lo disfruté en el trabajo con las revistas.Primero hice, en un tallercito que apenas contaba con los recursos apropiados,la Revista de Matanzas.Luego fue Casa de las Américas y,paralelamente,me vinculé con El Caimán...,publicación de la que fui muy cercano desde mis años en la Universidad,y ahora, ya se sabe,La Gaceta de Cuba. Por eso,aun cuando ya había publicado también La vida es una semana, el que disfruté más, cuya publicación me dio esa alegría para mí aplazada del primer libro, fue La Habana elegante, porque fue un tomito pensado siempre como conjunto, como una tríada de cuentos con un espíritu común, y además porque pude seguir sus procesos editoriales paso a paso y,para colmo, porque estuvo en las librerías apenas un año después de terminado el último de los cuentos que escribí para él.
¿Crees que la crítica cubana cumple sus funciones a carta cabal? ¿Quiénes serían tus críticos de cabecera? Creo que la crítica es lo peor que le ocurre a la literatura cubana.El pensamiento que,desde fines de los 80 del pasado siglo,actúa sobre las artes plásticas o el teatro cubano (y que, en el caso del teatro,me parece incluso superior a la propia práctica artística) ha estado ausente en la literatura, salvo excepciones. Hay, sin dudas, excelentes ensayistas, algunos de los cuales han ejercido la crítica,pero ese cuerpo de críticos sistemáticos, que sigan día a día lo que aparece (que ya no es poco), y en cuyos textos se constituyan concepciones diversas sobre la literatura, formas distintas, a veces encontradas,de estudiarla,ese corpus está ausente entre nosotros.
Para ti,¿cuáles son las historias más difíciles de narrar? Las más difíciles son las más apegadas a la contemporaneidad, a la vida cotidiana.Es un material no codificado aún, virgen.Y sobre esa realidad se escriben todos los días decenas, cientos, tal vez miles de páginas que a mí (y perdóneseme la pedantería) no me provocan el menor interés. Hay que trabajar mucho, tener mucho talento, mucha imaginación,para que historias de ese tipo crezcan, se salven de la mediocridad de lo testimonial,de lo ramplonamente realista.Mi hijo (y tal vez un grupo de jóvenes que está reaccionando contra ese tipo de escritura) la llama “de pingas y cojones”.Me parece una buena manera para caracterizarla.
¿Eres un escritor de ritual? ¿Horas especiales, lugar, condiciones, ritmo fijo, metas de cuartillas diarias? Háblanos de eso. Absolutamente sí.Mi cabeza funciona mejor de mañana (de noche soy una nulidad), por lo que suelo levantarme temprano.Me acerco al texto en que trabajo poco a poco.Me preparo el desayuno y voy con él hacia el estudio.Enciendo la computadora,me conecto al servidor, leo los mensajes que me han enviado, las noticias del día.Cumplido ese prólogo,cierro la conexión,abro el fichero en que trabajo,me levanto,voy en busca de café, y sólo entonces es que empiezo a escribir. Si es una novela o un cuento,el tiempo en que escribo es breve.Cuando siento que las palabras comienzan a aparecer fácilmente,que dejan de hacer resistencia, abandono la escritura. Pero antes de pasar a otros menesteres,anoto de prisa, descuidadamente, las ideas, los episodios sobre los que debo ocuparme al siguiente día.Más tarde puedo regresar,pero ya sólo a revisar, a rescribir algo.Me impongo el trabajo diario (digamos: la jornada laboral).Sea cual sea mi estado de ánimo, la claridad o la confusión de mis ideas,abro ese fichero y escribo, aunque al día siguiente borre todo lo que he hecho.Lo peor es engañarse con la ilusión de que se está escribiendo o,también, perder la concentración.Escribir es un trabajo (no diré como otro cualquiera: no lo creo así) y hay que cumplir con él todos los días.
La palabra en el taller de trabajo,la palabra en el estudio doméstico,la palabra en el patio, en la calle,en la sala de tu casa… Como Jefe de Redacción de La Gaceta de Cuba,escritor reconocido, y padre de una profesora de Filología y de un escritor en ciernes,¿cómo se siente uno con la abrumadora circunstancia de la palabra por todas partes? Toda persona ve el mundo desde su profesión y en todas se repiten,más o menos,los mismos tópicos. Incluso, me ha llamado la atención la manera como en nuestra sociedad se están heredando las profesiones.Basta con mirar aquellas que son más públicas:cuántos actores jóvenes de padres actores,cuántos nuevos peloteros de padres peloteros...Es un fenómeno casi medieval. Mi familia, al parecer,no ha hecho sino reproducir ese tópico que se le ha impuesto a la sociedad cubana (o que la propia sociedad se ha impuesto a sí misma y que,ya aprovechando el paréntesis,me preocupa por la dosis de inmovilidad, de estancamiento social que supone). Ahora, no creas que en La Gaceta o en mi casa o entre amigos hablamos sólo de temas culturales (en el sentido estrecho del término).Somos personas normales,hasta donde ello es posible.Pero es un privilegio enorme terminar una novela o un guión de cine y, aún sin siquiera imprimir una cuartilla,pedir a tu esposa o a tus hijos que lo lean (y que los criterios que den sean profesionales).
¿Crees en los premios como vehículo de publicación? ¿Qué opinas de los concursos,la equidad de los jurados? ¿Qué tipos de premios crees que se echen de menos? Por otro lado, ¿crees que sobre alguno? Hay que usar los premios, aprovechar lo que ofrecen (en Cuba o donde sea): dinero, promoción, posibilidad para publicar..., y no tomárselos demasiado en serio.Tomárselos en serio implica creer en ese azar que es la decisión de los jurados. Al jurado se le debe pedir honestidad,pero no más.El premio casi siempre es el resultado de las relaciones entre tres, cinco o más personas. Esas personas se manipulan,se influyen,forcejean. Hay,inevitablemente,un proceso de negociaciones entre ellos,cuyo resultado es el premio.He estado en la organización de muchos concursos y he visto esos procesos. Sólo en contadas ocasiones aparece un libro excepcional o muy superior al resto y entonces la unanimidad del jurado es verdadera. Creo,también,que la honestidad debe comenzar por los organizadores del premio. Nuestro mundillo es pequeño,mezquino.Hay pocas sorpresas en él. Existen personas que siempre,descaradamente, tratan de premiar a sus amigos,a sus ahijados literarios.Si se nombrara a alguien así como jurado, es preciso acompañarlo de otra persona de criterios firmes, que no permita sus imposiciones.De igual forma,hay que combinar intereses contrapuestos, tendencias distintas. Todo ello no garantiza justicia, pero sí procura honestidad.
¿Cuáles han sido tus experiencias con las editoriales de provincia? ¿Qué opinas de su trabajo? ¿Y de sus limitaciones? Me gusta mucho la diversidad que aportan las editoriales provinciales.Me siento orgulloso de haber contribuido a que existan las Ediciones Orto,en Manzanillo, y dos veces he elegido para mis libros esas editoriales cuyas sedes no están en La Habana.En 1994 publiqué en Vigía un relato titulado En la hoja de un árbol.El resultado fue un objeto muy hermoso.Y, más recientemente, di a Capiro las Segundas reincidencias,y también el resultado fue óptimo, así como las relaciones que sostuve con los editores. Ese libro, incluso, estuvo cerca de año y medio en Ediciones Unión (donde trabajo) sin que, según me dijeron, terminara de ser evaluado.Lo retiré de allí y decidí darlo a Ricardo Riverón.Lo aceptó de inmediato y me dijo,siempre con claridad, las posibilidades reales que tenía para publicarlo en una fecha u otra.
La Gaceta de Cuba es una publicación muy codiciada, blanco de todo tipo de miradas. ¿Representa para ti una carga o una herramienta hacia un objetivo? ¿Cuáles son los principales cambios que has visto en la revista desde que la conoces? La Gaceta de Cuba es una carga,una tarea,una molestia,un tiempo invertido...pero,sobre todo, un proyecto cultural en el que creo y no doy por perdido ni uno solo de los minutos que le he dedicado. Es un privilegio hacer una revista como esa, entre amigos.Quienes hemos estado allí desde inicios de los 90 (Norberto Codina, Leonardo Padura, Vivian Lechuga, Omar Valiño, Camilo Venegas,Charo Guerra,David Mateo,Désirée Díaz, Mailyn Machado,y también los diseñadores:Salvador González,Wilfredo Torres,Juan Carlos Fuentes, Roger Sospedra, Carlos Zamora, Osmany Torres, José Luis Vega y, last but not least,Graziella Pogolotti, que ha sido para nosotros lo que George Martin a los Beatles) hemos creído en ella, y no pensamos que estamos cumpliendo con un trabajo más (y una revista implica muchísimo trabajo) sino que realizamos una obra en la que también está implicada nuestra realización como intelectuales.Cada número es un desafío y una celebración.No ya cuando sale de la imprenta, sino desde que lo comenzamos a imaginar,a asociar los trabajos, a diseñar ese diálogo más o menos visible, ese discurso otro que debe existir en una revista bien pensada. Supongo que una mirada exterior encontrará cambios incluso en la que hemos hecho a partir del 92,pero estoy demasiado dentro para advertirlos. Por supuesto, hay algunos muy visibles, materiales. También, después de la entrada de Roger Sospedra,la imagen tuvo una transformación radical. La revista encontró un diseño tan renovador como los mejores textos que publica. Creo que hay una Gaceta antes de Roger y otra después de él, de la misma manera que, a fines de los 80,Frémez dio un sello nuevo,que permaneció más allá de su pertenencia al equipo de trabajo de la revista.
Tus criterios sobre la diáspora,la obra —y los hechos— de autores cubanos en el extranjero, la literatura sobre Cuba de mano de autores no cubanos… ¿Cuál es tu postura general ante todos estos fenómenos? Esta postura,¿ha sido siempre la misma? Te agradezco mucho esta pregunta, porque me permitirá rectificar públicamente algunas opiniones que he escrito antes sobre el asunto.Los prejuicios nos acompañan siempre y la inteligencia tiene que estar muy despierta,muy alerta,para poder salvarnos de sus efectos perniciosos.Desde dentro de la Isla, durante muchos años, sólo se criticó a esa literatura que se consideraba “enemiga”. Luego se le miró por encima del hombro y,cuando comenzamos a aceptarla,lo hicimos de una manera paternalista. La redujimos a la nostalgia y repetimos que los que se iban perdían la raíz,se desvanecían,carecían de fuerzas.Uno de los textos más antiguos que reuní en Segundas reincidencias (“Escribir en Cuba hoy,1992”),incurre en ese tópico parcialmente cierto,parcialmen- te falso.Algunas personas que hicieron lecturas atentas del libro (sobre todo Carlos Espinosa, quien publicó una nota admirable sobre ese tomito) me lo hicieron notar.Al momento de reunir ese conjunto de textos,ya,como es natural,mis juicios sobre ese y otros asuntos había variado. Pero como es un libro muy ligado al contexto,a la circunstancia de esos años 90,no quise modificarlos a posteriori.
Como sabes, una de las vertientes más activas y más fructíferas del trabajo en La Gaceta en estos últimos lustros ha sido el de dar a conocer a los autores que viven en otros países.Hemos tomado en cuenta la mirada desde la Isla, y la mirada de los que están fuera sobre lo que pensamos de ellos los que estamos dentro.Es un cruce enriquecedor, que me ha permitido conocer verdades diversas, a veces no muy diferentes entre sí,pero que proceden de ángulos distintos. También el mismo proceso que hemos llamado diáspora se ha complejizado enormemente. Hasta los años 70 la mayoría de los intelectuales que se instalaron fuera de Cuba eran opositores confesos de la Revolución Cubana y sostenían ideas de derechas.También,en los 70 y aún en los 80,la mayoría de los que estaban fuera no me eran cercanos, mi relación con ellos sólo era libresca: no mediaba una afinidad personal,no me unía a ellos una historia común.Ese panorama ha variado sustancialmente.Tengo fuera de Cuba, y no sólo en los Estados Unidos, amigos de todas las tendencias con quienes mantengo una comunicación sistemática.Con algunos sostengo “conversaciones virtuales”(escribir correos electrónicos es una forma de conversación) que en su contenido son muy similares a las que cruzo con aquellos que están en Cuba y son declaradamente, como aquellos que residen fuera,de izquierdas. También,entre nosotros, el concepto mismo de la emigración ha cambiado. Con frecuencia me preguntan si fulano de tal,amigo o conocido mío,“se quedó”o “se fue”, y siento entonces que esas frases,que son en sí mismas lexicalizaciones que expresan,desde inicios de los 60,mucho más que una opción geográfica, se están volviendo obsoletas, inútiles.Quizás sólo las sostenga esa categoría de “salida definitiva del país”que ojalá desaparezca lo más pronto posible de nuestra legislación migratoria.Te imaginas que, en los 50, te hubieran preguntado:¿Carpentier se quedó? ¿Nicolás se fue? ¿Lam salió definitivamente del país? Eran preguntas simplemente incomprensibles en los 40,en los 50,años en los que,por cierto, las personas solían salir de Cuba no sólo por motivos económicos sino también por razones políticas,porque la represión de la dictadura de Batista ponía en peligro sus vidas. Ahora que conozco un poco mejor la literatura que se escribe fuera de la Isla sé que es considerablemente más diversa de lo que creí,guiado,cegado, por aquellos prejuicios que daban de ella sólo un rostro, una fotografía desactualizada de algo que es un proceso,que también varía,se transforma, se desplaza,se enriquece.Allí hay muchas concepciones del arte y la literatura,obras de mucho valor y obras sostenidas sólo por su efecto efímero en los campos de la política o del mercado.
Otro asunto es la pertenencia o no a nuestro corpus: el problema de cuáles de esas obras,de esos autores,deben ser considerados o no dentro de la literatura cubana.Es una discusión difícil, en la que varios estudiosos están empeñados sin ponerse, afortunadamente,de acuerdo.A mí, sin embargo, me da la impresión de que es un problema que está quedando atrás antes de ser resuelto. Francamente, cada vez me importan menos las nacionalidades y más la cosmovisión de los autores.
Dinos tu parecer sobre el mecanismo editorial que fusiona política y cultura a la hora de evaluar, editar y publicar un libro.Para ti,¿cuál sería el status quo ideal en este asunto? Creo entender que hablas de los mecanismos que habitualmente calificamos bajo el rótulo, amplio, confuso, de censura.No pretendo decir que no exista la censura,pero es cierto que toda labor editorial que supone selección (como también las de curaduría,producción musical o cinematográfica) contiene mayores o menores dosis de censura.Te confieso que la pregunta me sorprende un poco, porque esos mecanismos los noto muy aliviados en los últimos años.Ciertamente, en mi experiencia es inevitable que los compare con tiempos en que la acción de la política y la ideología sobre el arte y la literatura era mucho más férrea u omnipotente. Pero cada generación encuentra sus propios obstáculos y lucha contra ellos y está bien que a ti te parezca mal lo que a mí me resulta al menos mejorado en relación con aquellos años.Tal vez,para el ámbito cubano,el problema esté en la unanimidad del discurso, en la falta de opciones.Si una editorial de las llamadas nacionales te rechazara un libro porque lo considerara inconveniente desde el punto de vista político (y esa inconveniencia, la mayoría de las veces,se basa no en ideas,sino en episodios comunes en nuestra realidad pero que a ciertas personas que detentan el poder les parece perjudicial que adquieran otra dimensión al ser llevadas a obras de arte), es difícil que otra, nacional, provincial, municipal, lo acepte. Lo mismo ocurre en el cine,por no hablar de la televisión. Si el ICAIC desaprueba un proyecto por razones de esa índole o decide no exhibir una obra,¿qué alternativas quedan? Pero ese status quo ideal por el que me preguntas no existe, en ninguna parte del mundo. Siempre hay personas con poder (político,económico o ambos),que evitan o prohíben la difusión de determinadas obras, de ciertas ideas que pueden dañar su poder (en nuestro caso,lo patético es que esas obras o ideas la mayoría de las veces no son lesivas de las ideas más profundas que debían defender algunos de los que usan el poder en nombre de la Revolución).
La literatura es un arma,y eso es bien sabido por quien oprime su gatillo o alza las manos ante el arma.¿Qué la convierte en algo tan polémico, o peligroso? Francamente, no creo que la literatura sea un arma.No,por favor:me parece una metáfora desacertada, que ya tuvo un mal uso entre nosotros. Pensar en la literatura como un arma es concebir para ella usos instrumentales que casi siempre terminan siendo normativos,paralizantes.Pero entiendo hacia dónde quieres ir. Es polémica y peligrosa porque cuando es buena mueve ideas, despierta la inteligencia y la imaginación,rompe la inercia,actúa contra el adocenamiento.Y siempre hay personas,poderes,que se sustentan sobre la parálisis,el inmovilismo que puede adormecer a la sociedad.Pero las que ejerce la literatura son acciones muy internas o a largo plazo,que nada tienen que ver con la precisión y la inmediatez con que opera un arma.Es más,muchas veces la obra que actúa en lo inmediato lo hace gracias a valores que no tienen que ver con lo artístico.Eso quizás sea legítimo, pero a mí no me interesa. Pienso que alguien que se ocupa de la literatura y el arte tiene que respetar su trabajo y no utilizarlo, no instrumentalizarlo a favor de objetivos que pueden ser muy nobles,muy elevados,pero que tergiversan la sustancia misma de la literatura y el arte.
Sobre el tan cacareado tema de la literatura comprometida o no… ¿Para ti existe semejante compromiso? ¿Y compromiso con qué? Como acabo de decirte, creo que el compromiso debe ser con la misma literatura,en primer lugar, lo cual quiere decir contigo mismo,con tus valores,con tus ideas.Pienso que toda literatura que valga la pena es comprometida.Me es imposible verlo de otra forma.Fíjate bien en el orden de los factores,que en este caso sí altera el resultado. No digo que sólo me importa la literatura que se solía llamar “comprometida”,sino que toda literatura seria,valiosa, está comprometida con ideas, con una visión, una comprensión del mundo,de la humanidad,de nuestro destino.El compromiso,por eso,no lo concibo como un servicio, como una instrumentalización (insisto en la palabra),sino como el respeto al oficio,a la entrega, y como fidelidad a un cuerpo de ideas,de concepciones.
¿A quiénes nombrarías entre los autores cubanos contemporáneos más importantes? ¿Y entre los más contemporáneos aún,los nacidos entre los 70 y los 80? Responder este tipo de preguntas siempre es un riesgo, un mal compromiso.Ya no sigo a los nuevos con la misma intensidad que antes,y me resulta imposible responder sobre esa zona.Pero acerca de lo demás,correré el riesgo (y ya veo el rostro de algunos amigos al ver que no he mencionado sus nombres).Imagino que prefieras que reduzca mi campo a los vivos y, a la vez,veo que empleas la palabra contemporáneos,lo que me permite comenzar por algunos a quienes ya considero clásicos: sin que el orden cronológico en que los cito establezca jerarquías, creo que los grandes escritores cubanos vivos son Cintio Vitier, Fina García Marruz y Roberto Fernández Retamar.Con el permiso de muchos más, saltaré por encima de ellos y mencionaré a otros que son mis coetáneos:de nuevo en orden cronológico, Raúl Hernández Novás,Reina María Rodríguez, Abilio Estévez y Ángel Escobar.Tengo amigos,cuyo criterio respeto mucho, que incluirían en este grupo a José Kozer.No conozco su obra lo suficiente como para hacer mío ese juicio,pero dejo su nombre aquí.Novás y Escobar están muertos. Rompo el límite que acepté porque la contemporaneidad de ambos me parece inobjetable (incluso,porque debían de estar biológicamente vivos,entre nosotros).Sus obras,sin embargo, están cerradas.Los otros dos,que son mis amigos, y a quienes quisiera ver en ese club de los que van a vivir ciento veinte años,si no escribieran una línea más,lo que han hecho hasta hoy,a mi juicio,ya les da un sitio muy importante en las letras hispanoamericanas (y no creo que esté exagerando).Ahí me detengo.Hay muchos otros escritores que me interesan,cuyos libros aprecio, pero son obras que aún no han alcanzado la plenitud,la altura digamos absoluta,de la de estos que he citado.No hablo de edades:sabemos que Goethe concluyó suFausto cuando era un anciano y, salvando las distancias, Cirilo Villaverde publicó la versión definitiva de Cecilia Valdés,la que lo inmortalizó,a los setenta años,lo cual quiere decir que mientras un escritor esté vivo todavía puede esperarse de él una obra maestra (ahora sí estoy exagerando un poco, como te habrás dado cuenta).
¿Cómo te llevas con la poesía? ¿Algún criterio sobre la poesía cubana contemporánea? Me llevo muy bien con la poesía,como lector, como estudioso y sobre todo como admirador de ella. Fíjate que, entre los nombres que cité antes,sólo dos son fundamentalmente narradores y ocho han escrito poesía o son,sobre todo, poetas.La poesía me sigue pareciendo el género mayor de nuestras letras, aunque en este momento no parezca ocupar un sitio central,sino, como he escrito alguna vez,prefiera los márgenes, las sombras.
¿Y sobre el periodismo,el testimonio? ¿Sobre el teatro? ¿El performance? ¿La música…? Esta ráfaga me obliga a la síntesis absoluta:el periodismo,cuando cuenta con un ambiente de creatividad,de respeto a las ideas,es una profesión que me gusta ejercer.El testimonio...¿de qué estamos hablando? ¿De La Ilíada? El teatro me resulta muy cercano,muy necesariamente cercano, y acabo de terminar mi primera obra.Ya leerás. En cambio,respeto el performance pero me resulta ajeno como creador.La música fue,como te dije,mi primera gran pasión y,aunque ya mis ilusiones hacia ella hace mucho se perdieron,me sigue acompañando.Creo que con la poesía y la filosofía forma la tríada de Lo absoluto.
¿Has tenido alguna vez que sugerirle a alguien que las letras no son lo suyo? ¿Fuiste suave o tajante? Y si alguien te hubiera sugerido lo mismo, en tus inicios, ¿qué habrías hecho? He leído textos de muchísimas personas que, carentes por completo de talento,se han empeñado en escribir,pero jamás los he desalentado. Que ellos se esfuercen,que traten de ser felices de ese modo,no hace mal a nadie.Sí he tratado de ser riguroso cuando me corresponde decidir la publicación de un texto debido a una persona que se equivocó al escoger esta profesión. Porque lo dañino es cuando eso se publica, se difunde,se constituye,incluso,en modelo.Tengo una amiga que repite una frase que es un compendio de sabiduría,de sentido común:Nunca se puede amparar a los mediocres porque,por definición,siempre están en mayoría. Si alguien me hubiese desalentado,hubiera acudido en busca del criterio de otra persona.Si varias personas me hubiesen desalentado,me hubiera empeñado en escribir,en leer,aún más de lo que he leído y escrito.Si muchos editores hubieran rechazado mis manuscritos, hubiera seguido escribiendo otros cuentos,otras novelas, convencido de que aquéllos estaban equivocados, pero siempre dudando,creyendo que aún mi Fausto,mi Cecilia,estaban por llegar.
tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n59/articulo-5.1.html
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